Tómame de la mano. Vámosnos a la lluvia
descalzos y ligeros de ropa, sin paraguas,
con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia
oblicua, refrescante y menuda, del agua.
¡Que rían los vecinos puesto que somos
jóvenes
y los dos nos amamos, y nos gusta la lluvia,
vamos a ser felices con el gozo sencillo
de un casal de gorriones que en la vía se
arrulla.
Más allá estan los campos y el camino de
acacias,
y la quinta suntuosa de aquel pobre señor
millonario y obeso, que con todo su oro,
no podría comprarnos ni un gramo del tesoro
inefable y supremo que nos ha dado Dios:
ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de
amor.
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